martes, 27 de noviembre de 2007

Siete de Bastos (II)

Ya estábamos solos los tres,
tu amor, mi amor y el fracaso.

Una soledad sonando a claxon
y el incesante gotear de coches
inquietos por procesionar tan despacio,
todos solos detrás de las mismas vueltas
condenando la desgracia, inmunes
desde sus ventanillas.

Atrás la gente gritaba, buscaban retratos
donde pernoctar o mirarse reflejados,
tan sólo eso.

Yo ya no escuchaba a la manada de buitres
ni a sus egos…
Me abracé a ti por última vez
amando ese instante como tal vez jamás amé
tu vida.

Te abrace con la ira vencida y contenida
por las poderosas zarpas de la impotencia ocre.
Yo te abracé para darte todo lo que alguna vez he sido
y todo lo que jamás seré,
todo lo que supuse,
todo lo que creé, todo lo que creí, todo lo que tuve, todo.

Luego, cuando al fin abriste las alas
y te disolviste misteriosa en la misma lluvia poderosa
que me secaba las lágrimas,
y luego cuando al fin volaste
deje que mi amor, amor se confundiera “para por siempre” contigo,
con la noche, con la lluvia, con el viento, con el infinito.

Hasta el fin del fin, aunque la muerte sea nuestra frontera.
Luego, como si se tratara de un juego de niños
la vida junto al mar, con nuestra arena muerta,
se dedica, a construir nuevos castillos vivos.

Gracias por dejarme una vez vivir en tus murallas,
gracias por dejarme una vez amar en tus almenas.
y gracias sobre todo por enseñarme a morir cuando es preciso
y a resurgir como un milagro en primavera.

Neftalí

1 comentario:

Pernelle dijo...

"Cuando abriste las alas y te disolviste, misteriosa, entre la lluvia"... Me hace evocar esas películas estadounidenses en blanco y negro donde la lluvia se hace cómplice de los amores prohibidos y los desamores. No me preguntes títulos que soy malisima para acordarme ahora pero te lo diré en cuanto la recuerde.

Saludos cordiales.